REVOLUCIÓNES SUBREPTICIAS
Madrid, 02-01-2026
(Lectura rápida 😊)
En La
Discrepancia:
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Desde pequeños nos
acostumbraron a celebrar las revoluciones. Liberadoras del pueblo.
Castigo de poderosos egoístas. Santifican la francesa de 1789 y la rusa de
1917. En la trastienda quedan las de 1830 y 1848 que, en Francia, implicaron un
cambio de dinastía y, luego, una vuelta a la República. Enardecen la Gloriosa
de 1868, iniciadora del Sexenio Democrático que acabó en la Restauración, o la
Comuna de 1871, en Paris, con sus barricadas, reducida por las armas.
Enterradas otras fallidas como Budapest en 1956 y Praga en 1968 contra el
comunismo y los ocupantes rusos, reparadas con el hundimiento de la URSS en
1991.
A la de 1789 se le atribuye toda clase de conquistas. La
inició el pueblo y la cabalgó una burguesía potente que consideraba que la
realeza y la aristocracia tenían demasiado poder y riqueza. Se descartan muchas consecuencias negativas
que hasta soportaron los propios revolucionarios. El idioma francés se impuso a
sangre y fuego. Nada de lenguas locales.
Zarandeó las clases sociales, las leyes, el vestir, la
gastronomía, la recluta de los ejércitos y trajo, asimismo, desorden, sangre,
muerte y sus propias injusticias. Provocó el exilio de la aristocracia y
durante la fase del Terror de Robespierre la
guillotina funcionó sin cesar, alimentándose no solo del Rey, su
esposa y aristócratas, también de ciudadanos corrientes.
El desorden y la ineficacia provocaron el golpe de Estado del 18 de Brumario (¡hasta los
meses cambiaron de nombre!) iniciando el periodo napoleónico, una dictadura con
Fouché para controlar Francia mientras el dictador se veía involucrado en
guerras y ocupaciones como la española donde quedó claro que es difícil
exportar la modernidad a punta de bayoneta.
Cuando Napoleón fue definitivamente vencido en Waterloo
por ingleses y prusianos, Francia estaba
desangrada y se llamaban a filas
a niños imberbes. Después llegaron el Romanticismo y los Nacionalismos con sus luces
y sombras. La laicidad se aseguró en Francia a principios del XX, más de un
siglo tras la revolución.
Otra que intentaron vendernos fue la bolchevique. Más
difícil. Se condenaron sus crímenes imperiales y de opositores incluso en sus
propias filas donde disentir era jugarse la vida. “La
libertad individual, ¿para qué?” le
espetó Lenin a Fernando de los Ríos, el eminente socialista que fue a
investigar esa revolución e informó en su contra.
El comunismo, a diferencia del socialismo democrático, mostró
que acepta la toma del poder violenta, la tiranía de un partido único y el
imperialismo político y territorial, marcas de la Unión Soviética durante 70
años para rusos, países esclavizados y vecinos atemorizados. Fue un fracaso. Acabó cayendo en 1991
provocando la liberación de países colonizados que enseguida se cobijaron en la
OTAN y en la UE. La Federación rusa ha optado con Putin por la autocracia y por
querer reconstruir el Imperio soviético.
Otra vitoreada fue la cubana. Desde la bebida bautizada
“Cuba Libre” hasta la moda del Che Guevara abatido vengativamente tras ser
hecho preso en Bolivia donde fracasó su insurrección. En Cuba no hay ni prosperidad ni libertad. El
buen tiempo suple lo primero y la libertad individual tampoco es imprescindible.
Ni siquiera les funciona ya la sanidad.
Ahora se van abriendo camino revoluciones impuestas desde
dentro pero igual de destructivas como la venezolana. Primero se conquista el
gobierno legítimamente para luego conservarlo
rompiendo reglas establecidas o consuetudinarias, desvirtuando la
independencia de Instituciones como la Judicatura o el propio Parlamento.
Es un modo gradual que empieza denigrando el pasado
democrático (¡la Constitución carece de legitimidad!). Se colonizan
Instituciones independientes como la Fiscalía o el Tribunal Constitucional que
luego interpreta la Carta Magna de manera que se la pueda transformar sin las
mayorías y reglas prescritas. Se gobierna ignorando en buena medida el
Parlamento o durante años sin presupuestos aprobados parlamentariamente. No se
responde, pues, correctamente de los gastos realizados por el gobierno durante
años. “¿Que más te da?” y “¡Que se fastidien!” son argumentos definitivos y se
afirma que el dinero público “no es de nadie”.
Venezuela es un modelo de este modo subrepticio de
revolución en el que acaban manipulando los resultados electorales por haber perdido.
Todo es gradual y para cuando se cruzan unas líneas rojas definitivas es demasiado tarde para rectificar. Solo cabe la
adhesión, el exilio, la cárcel o la resignación.
Cuando se grita a mediodía que viene el lobo y pastan
tranquilamente las ovejas, pocos hacen caso, pero al día siguiente pueden quizás
ver al rebaño degollado durante la noche. No viene mal releer “Animal Farm” de
George Orwell. Luego conviene relajarse, pasear y cuando se vuelva con suerte
no habrá okupas en casa y la cuenta bancaria tampoco habrá sido intervenida por
ser un burgués en vías de extinción.
Carlos Miranda, Embajador de
España