CLAUDIA MÚGICA
Madrid, 14-02-2026
(Lectura rápida 😊)
En La
Discrepancia:
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La Transición fue una maravilla. La dictadura, hija de
los vencedores de la guerra civil, se moría de vieja, como su jefe y símbolo,
Francisco Franco, Generalísimo de los militares, apodado el Caudillo y Jefe del
Estado por la Gracia de Diós. Fallecido tranquilamente en su cama de hospital,
había situado como sucesor suyo a Juan Carlos de Borbón, nieto del último Rey de
España antes de la II República, Alfonso XIII. De este modo Franco eliminó una
perpetuación sin él del autoproclamado Régimen y al entregar a su muerte su
poder absoluto al futuro Juan Carlos I daba la
señal del cambio venidero que solo podía ser democrático, aunque sin
dar la receta el viejo dictador.
Juan Carlos pudo coadyuvar al cambio desde el Trono
contando con el empuje de un pueblo español que quería democracia y ser europeo,
así como de unos políticos que supieron maniobrar para que prevaleciera una reconciliación presidida por el olvido de
las culpas y barbaridades de cada parte que debían quedar para los
historiadores más que para el día a día para, así, poder pensar en todos sin
excluir a nadie. Ya pidió Azaña en 1938 “paz, piedad y perdón”.
El invento, aplaudido con admiración fuera de España, funcionó bien hasta que pasaron un par de generaciones.
La de los nietos parece preferir olvidar el pasado reciente y recordar el
pasado anterior, y no al revés, abandonando de este modo la reconciliación para
revivir las confrontaciones de tiempos anteriores y dejar de lado los
entendimientos esenciales entre derecha e izquierda que en la Transición, y
también después, permitieron, vía el “consenso”, pactar
con “los otros” para reducir discrepancias y hacer que el país
progrese de un modo aceptable para una gran mayoría y no sea un territorio
donde solo unos puedan estar satisfechos a costa de otros que si llegan al
poder invertirán los logros y las satisfacciones.
Tres situaciones muestran el deterioro actual de la
convivencia. Pedro Sánchez representa la primera al polarizar desde el “no,
es no” la sociedad española. Pueden los suyos reprocharlo legítimamente también
a sus adversarios, pero quien gobierna ya desde 2018, ocho años, es quien más
debe buscar y promover la unidad en el país y no su división como hace el
actual inquilino de La Moncloa, renegando con ello de la Transición.
En Sevilla se fue recientemente al garete un evento que
quería subrayar que con los odios que desembocaron en la Guerra Civil perdieron
todos los españoles. Ya no importaba con el paso del tiempo quiénes ganaron o
perdieron la guerra civil, se prefería subrayar que ese desgarro tan profundo
hizo perdedores a todos, una reflexión importante que parecía que ya se podía
hacer noventa años después del inicio de esa horrible contienda. Sin embargo,
el escritor David Uclés ha preferido con otros aferrarse a la derrota de
la II República para reprochar a la Transición que perdonara también a la
dictadura, olvidando que el bando republicano no fue tampoco irreprochable ni
durante la guerra ni antes. Habrá pues que esperar a que en 2036 se calmen
quizás definitivamente unas aguas ahora todavía insalubres en estas condiciones
y se recuerde más la convivencia tan importante de la Transición contemplando,
por ejemplo, una fotografía tan representativa de reconciliación como una de
Fraga y Carrillo juntos.
ETA se disolvió, pero no su espíritu. Dejaron, por fin,
de matar y se incorporaron a la vida política aparentemente sin amenazas ni
chantajes. Sin embargo, desde los órganos políticos que sucedieron en sus
demandas apenas se ha condenado los crímenes de
la banda terrorista que, incluso,
mató más en democracia que en dictadura. Al no lamentar esos crímenes no dejan
de hacerlos suyos en opinión de muchos. Su apoyo a los etarras que salen de
prisión y que tuvieron las manos manchadas de sangre, aunque ya esté seca, lo
certifica incrementando en dolor de las víctimas.
Una joven vasca, Claudia
Mujica, simboliza, con las asociaciones de víctimas del terrorismo,
el rechazo a esta actitud del nacionalismo vasco, no siempre solo del
extremista, que azuza a las nuevas generaciones buscando la confrontación,
exaltando en definitiva un pasado terrorista en lugar de apaciguar las aguas con
un verdadero olvido, no uno en el que los asesinos son los héroes.
España no va por buen camino. No porque haya problemas
difíciles de resolver, sino porque hay muchos que solo quieren resolverlos a su
gusto sin intentar que el país avance en su
conjunto y no a base de tirones que luego parece que deben
compensarse con otros en dirección contraria.
Carlos Miranda, Embajador de España