viernes, 21 de agosto de 2026

UN ECLIPSE DESASTROSO

UN ECLIPSE DESASTROSO

(Lamento futurista a modo de cuento)

Carlos Miranda

            Embajador de España

            Hendaya, 21-08-2026

 

 


El 2 de agosto de 2027 tuvo lugar un eclipse total de sol en Ceuta y Melilla. Duro unos cuatro minutos. Un eclipse largo a pesar de ser un momento breve. Nuestras dos ciudades africanas estaban abarrotadas con sus habitantes, sus miles de refugiados llegados en julio de 2026 e incontables turistas en las calles deseosos de ser todos testigos privilegiados del acontecimiento celeste que ese año se podría ver bien en la zona de Estrecho y no, como en 2026, el año anterior, solo en el Norte de España.

Los transbordadores habían traído desde la península española a otros miles de turistas la víspera y la mayoría había acampado con los sacos de dormir que habían traído con sus mochilas en las playas y plazas de la ciudad compartiendo espacio amigablemente con los migrantes-invasores de 2026. Unos pocos en hoteles y pisos turísticos. Los comerciantes más avispados montaron servicios ambulantes de bocadillos y refrescos. Las dos ciudades eran una fiesta.

El mismo día del eclipse llegaron antes por vía aérea a las dos ciudades, en helicópteros a Ceuta y en aviones a Melilla, personas más principales, adineradas y poderosas que pagaron sus pasajes, muy caros en estas circunstancias. Algunos viajaron en Falcon.

Llegó el eclipse y además de la oscuridad se hizo el silencio. Solo lo interrumpió un grito en árabe exclamando “¡Alá es grande!”. Sorprendió a todos, pero nadie dijo nada. De nuevo el silencio y una persistente oscuridad que impresionó a todos mirando al cielo y sin percibir claramente un cierto ruido producido por miles de pasos casi silenciosos por las calles y plazas de las dos urbes.

Volvió la luz y de nuevo invocaron a Alá, pero esta vez en miles de gargantas. Junto a los habitantes de las dos ciudades, de los refugiados y de los turistas habían llegado unos inesperados visitantes más desde Marruecos aprovechando la noche solar y superando todas las barreras sin ser vistos. Sensores de infrarrojos lo señalaron en los límites de las dos ciudades, pero todo el mundo miraba al cielo. Los perros fronterizos ladraron, pero se les acalló por perturbar el impresionante silencio del eclipse.

Los cientos de miles de jóvenes y no tan jóvenes marroquíes acompañados de subsaharianos y argelinos estaban ya en toda la ciudad junto a los refugiados-troyanos. Habían aprovechado la noche circunstancial para entrar sin ser vistos. Con los troyanos rodearon los cuarteles de la Guardia Civil y de los militares, así como las comisarías policiales. Encerrados dentro nadie se atrevió a salir y embullarse en la marea humana de esa masa ni utilizar medios contundentes para disolverlos o expulsarlos. Igual no se podía ya. Tampoco tenían instrucciones.

Los últimos invasores llegaron aprovechando la oscuridad de diferentes maneras, unos en botes, otros tirándose al agua, otros más con salvavidas lo que no impidió que otra vez murieran muchos ahogados en el intento. Hundieron la frágil barrera acuática, destruyeron metros de alambradas sin concertinas peligrosas por cortar manos y rostros, y, con escaleras saltaron en otros lugares por encima de las vallas desatendidas por el eclipse. También llegaron por el aire, además de por tierra y mar. Con parapentes y algunos ultraligeros. Todos estos visitantes inesperados estaban equipados con instrumentos de visión nocturna fabricados en Israel con licencia de los EEUU.

Los recién llegados eran muchísimos miles y aprovechando el desconcierto generalizado de los turistas, de los habitantes y de las fuerzas de orden público y otras españolas destinadas en las dos ciudades, tomaron el control de los acontecimientos y, ordenadamente, fueron conduciendo a los turistas y a los habitantes, sin que apenas se fueran dando cuenta de ello, hacia los transbordadores que debían regresarles a la Península. En unas pocas horas no quedaron en las dos ciudades ningún turista, ni tampoco ningún habitante. Al final del día solo quedaron los últimos invasores que con los troyanos seguían cercando comisarías y cuarteles.

Entonces un Imán convocó en cada ciudad un rezo y encomendó las dos ciudades al Rey de Marruecos y Gran Comendador de los creyentes en su país. Los recién llegados empezaron a agitar por miles banderas marroquíes y de entre sus filas salieron unos personajes con aspecto oficial e izaron en los balcones de las dos Presidencias autonómicas y de las dos Delegaciones del Gobierno unas enormes banderas de su país.

“¡Alá es grande!” volvieron a rugir las masas ocupantes que empezaron a instalarse en los domicilios vacíos y en los negocios abandonados. Poco a poco accedieron a las dos ciudades funcionarios, policías y militares del país vecino completando la conquista.

En Madrid, ante la evidencia, el gobierno de turno quiso evitar un derramamiento de sangre y retornaron los transbordadores a Ceuta y Melilla para llevarse a los uniformados españoles que con las cabezas gachas abandonaron humillados sus instalaciones, escoltados por sus colegas marroquíes jurando no volver a votar a ningún político. La fiesta duró varios días en las calles de Ceuta y Melilla. Aparecieron como por arte de magia “mechouís” asados en las calles y danzarinas del vientre con sus velos púdicos, admiradas por un gentío que disfrutaba también de unos “cuscús” de cordero deliciosos.

A los pocos días el Rey alauí vino rápidamente para recrearse en sus dos nuevas adquisiciones y puso de nuevo una bandera marroquí en el islote de Perejil. “Hemos recuperado lo nuestro” dijo su hijo mayor y heredero del trono.

En España no pasó nada. Hubo otro silencio, pero sepulcral. Nadie se atrevía a mirar a nadie a la cara. El sentimiento mayoritario era de vergüenza. Los historiadores recordaron el 98 y la gran derrota militar ante los EEUU que nos desposeyeron de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Ahora era peor por falta de heroísmo.

La carcoma se incrustó en los corazones españoles que no se atrevieron ya a salir de su país pensando que en el extranjero se mofarían de ellos. Los caballeros de la Triste Figura adoptaron un semblante aún más triste y los émulos de Sancho Panza desaparecieron del mapa. Nadie quería jugar a los chinos en el café o al mus en los bares. Los cines se vaciaron y casi nadie miraba la televisión. Todos se morían avergonzados. En Cataluña hubo un nuevo intento fallido de separación.

Las penas pasan. La vida sigue. Muchas veces por otros cauces. Bendito Musolono era apenas un chaval de una barriada periférica de su ciudad en la península cuando estos acontecimientos ocurrieron, pero más tarde se empeñó en animar el cotarro. Aprovechando el panorama desolador hizo campaña revalorizando el orgullo nacional. Le eligieron al frente del país buscando una renovación, un nuevo despertar. Las estatuas de Franco volvieron a sus pedestales. Los tontos que no supieron conservar lo que habían recibido marcharon al exilio. A muchos le vino a la cabeza que la Historia se repite cuando no se ha estudiado.

 

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