viernes, 17 de diciembre de 2021

TRES IRREDENTISMOS (1/3)   

 

Madrid, 17-12-2012

               (Lectura rápida 😊)

 

    


IRREDENTISMO RUSO


Hay quienes consideran que la OTAN no tenía que haber adelantado su frontera hacia Rusia tras la reunificación alemana en 1990. Sin embargo, no podían quedar fuera de su amparo, ni de la Unión Europea, el territorio de la antigua Alemania comunista, tras integrarse en su gemela occidental, ni, tampoco, los demás países del Este, igualmente subyugados con anterioridad por Moscú a través del Pacto de Varsovia; del COMECON; y del control ejercido a través de los partidos comunistas.

 

¿Era imaginable una Europa con dos áreas de seguridad? Una, protegida por EEUU y sus aliados, otra, al Este del Elba, a merced de Rusia. ¿Alemania y la UE divididas en dos en materia de seguridad? “Nuts”, dijeron en inglés, como McAuliffe en Bastogne, desde el Báltico al Mar Negro, reclamando sus derechos del Acta Final de Helsinki a pesar de ciertas incontinencias verbales, nunca confirmadas jurídicamente por los aliados y menos tras el golpe de Estado contra Gorbachov en 1991. Por lo tanto, a partir de 1999 ingresaron en la Alianza los países del Este. Importa el conjunto de los acontecimientos.

 

En efecto, en 1975 se aprobó el Acta Final de Helsinki, que consagra que cualquier país europeo es libre de elegir a sus socios políticos, económicos y militares, por lo tanto, el derecho de integrarse en una comunidad de países o en una alianza. La firmó el ruso Brézhnev y sus sucesores no han denunciado ese compromiso. Sin embargo, la eterna Rusia es tan imperialista con los Zares de sangre azul como con los de sangre roja o con el actual, de sangre helada.

 

En muchas élites políticas rusas predomina el resentimiento de la caída de la URSS, no porque sean comunistas, que lo fueron, sino por haber dejado Rusia de ser una Gran Potencia. Culpan a los EEUU, aunque saben que el hundimiento de la URSS fue una derrota ideológica, política y económica fruto de la ineficiencia y de las injusticias del comunismo. Un resentimiento semejante al de la Alemania derrotada en 1918 y que derivó hacia el nacionalismo nazi.

 

Moscú pudo entenderse con el mundo occidental tras la Guerra Fría y quizás lo hubiese hecho de haber permanecido en el poder Gorbachov, pero fue apartado por un golpe de Estado de comunistas nostálgicos. Luego, acabó siendo relegado porque otros lo aprovecharon para acabar implosionando la URSS, lo que no permitía confiar en un Kremlin impredecible.

 

La consecuente independencia de Ucrania y de Bielorrusia fueron dos dardos mortales para la esencia rusa (la de los países bálticos afecta más a su orgullo). Sin embargo, en la época soviética esos dos países aparecían como independientes en el marco de la ONU, una apariencia conveniente entonces, pero que al convertirse en realidad no gustó ya a Moscú.

 

Un Kremlin ahora asertivo, con unas Fuerzas Armadas recompuestas, modernizadas y eficaces, lleva a cabo una política irredentista encaminada, a pesar del Acta Final de Helsinki, a anular, entre otras, las independencias de Ucrania y Bielorrusia, reinsertándolas, como sea, en su influencia o en el propio seno ruso.

 

Con Lukashenko en Minsk, Bielorrusia siempre fue dócil. No así Ucrania a la que Rusia no solo veta, a cualquier precio, un hipotético ingreso en la OTAN, sino tampoco en la Unión Europea. Como ejemplo, la ocupación militar rusa de Crimea, anexionándola a pesar de haber reconocido y aceptado legalmente la donación de Rusia a Ucrania realizada en tiempos de Jrushchov. Esa ocupación tiene un motivo estratégico: la base naval de Sebastopol da acceso al Mar Negro y al Mediterráneo.

 

El control sobre Bielorrusia y Ucrania, en cambio, corresponde a una voluntad irredentista, como las presiones a los países bálticos con incursiones militares aéreas. Para Putin, o Ucrania se humilla o debe fracasar fuera de su regazo. Mediante el intervencionismo en el Este ucraniano, favorece a los secesionistas prorrusos con armas y con lo que haga falta, desplegando, asimismo, innumerables tropas en la frontera oriental de Ucrania para condicionar quien mande en Kiev sin que pueda descartarse, en principio, una invasión militar.

 

Sería ello un problema muy delicado para los EEUU, así como para la UE y la OTAN, de las que España es parte, que no desean intervenir en este conflicto por no estar Ucrania en su seno, sin poder ser, sin embargo, indiferentes. La lección del coste de las cesiones de Chamberlain en Múnich en 1938, que alimentaron el expansionismo de Hitler, debiera mantenerse en la memoria colectiva.

 

Este irredentismo ruso condiciona el Este europeo. Los occidentales se ven obligados a enfrentarse al mismo de la manera más diplomática posible y con sanciones económicas sin perjuicio de que Rusia maneje los peones militares con descaro e impunidad. Un Este donde hay otros conflictos larvados o congelados instigados por el Kremlin.

 


Carlos Miranda, Embajador de España